no tuve más remedio, señor agente

No voy a decir que no quisiera (que sí que quería) o que me obligaran físicamente a entrar a PayPal y mandar el dinero (que no, porque la gente no hace esas cosas), pero sí que es verdad que a la hora de encargar este huso la cosa ha habido un par de señales y empujones cósmicos, y yo soy muy temerosa del universo y sus deseos. Esa es mi excusa oficial.

La extraoficial es que estaba encaprichadísima de un huso de Wildcraft desde antes de comprarme mi Kromski, pero arrastrada por la razón me limité a suspirar delante de sus hojitas y florecillas un par de veces. Mientras esperaba a que JP fuera a Francia a recoger el Kromski y mis primeras fibras me acordaba a menudo de ese huso tan precioso que había visto por ahí con la hoja de sauce roja en el centro, pero se me había olvidado por completo el nombre de la tienda y cualquier cosa que no fuera un babeo de adolescente enamorada por esos rojos y naranjas tan recontramonos atrapados en resina. Cuando se me cruzó uno por delante en un mercadillo de Ravelry pasaron dos cosas:

1) que la tía que lo estaba vendiendo pasó mil de mi mensaje y ni siquiera tuvo la educación de responder con un “lo siento, ya lo he vendido” (Mal. Señora tontalculo, mal.)
2) que me reencontré con la página que los vendía y ya me quedé con el nombre (Bien. Mal. No sé)

Por suerte o por desgracia no me gustaba ninguno de los husos que tenían en la tienda en ese momento, pero entraba varias veces a la semana a ver si habían subido alguno nuevo. Me volví un poco stalker en los foros de la compañía, y mientras tanto miré otras marcas y decidí que en realidad, visto lo visto, tampoco eran tan caros (a esto se le conoce en círculos profesionales como El Principio Del Fin), sobre todo comparados con esos Golding feos de cojones pintados a mano por los que clavan 200 dólares con gran alegría y desparpajo.

(La dirección de este blog quiere dejar claro que no tiene nada en contra de los Golding con apliques metálicos, sólo contra los pintados. De hecho, en lo que a los apliques metálicos respecta lo tiene todo a favor <3 <3)

Total, que me pudo la impaciencia. "Uno para Navidad", me dije, inocentemente. "Un autorregalo para Navidad". Además el Kromski me estaba dando problemas para hilar tan fino como quiero hilar, y qué menos que tener un huso para lana fina y otro para plegar o lana más gruesa, verdad? (SÍ. VERDAD. A CALLAR). Escribí a la chica que hace los Wildcraft, preguntándole si aceptaba encargos. La idea era que dijera que sí o que no y ahí quedara la cosa hasta Navidad. La cosa fue que dijo que sí, y que qué quería exactamente. Me dio mucho palo responder que sólo estaba preguntando por marear la perdiz así que me explayé en abstracciones varias sobre patrones florales y la conjunción de los astros. A los dos días me mandó 9 fotos de varias opciones que tenía ya esculpidas. Hubo tres que me llamaron la atención especialmente, y debajo de la foto había una lista de las flores que llevaba cada uno. A veces soy un poco mística y pensé “bueno, a ver si alguno tiene algún significado especial”. En mi casa somos a las flores lo que Rajoy a la retórica, así que había pocas posibilidades.

El número seis llevaba perifollo (jijiji perifollo) y jacinto silvestre. Jacinto silvestre, lo que viene siendo bluebells. Os he dicho que la protagonista de ese western que llevo semanas diciendo que voy a retomar se llama Bluebell?

Yo no quería, me obligaron <3

AY QUÉ BONICA

clases sorpresa

Como mi cerebro tiene algunas piezas sueltas o mal encajadas, me mareo con cualquier cosa. Me mareo en el tranvía y en el autobús, me mareo si miro el móvil EN UN PUTO ASCENSOR, me mareo si pienso en números o letras estando en algún sitio que se mueve… Los únicos sitios donde no me pasa son los aviones y los trenes, y algunos sistemas de metro, supongo que porque tienen menos parones y semáforos y abuelitas con muletas cruzando en rojo. Cuando vivía en Santander o en Edimburgo no me suponía un problema. En realidad, apenas le daba importancia porque cogía el autobús poco (una vez por semana, en Edimburgo) o durante poco tiempo (todos los días 10 minutos, en Santander). En Frankfurt sólo para ir al trabajo ya son media hora o cuarenta minutos para ir y otro tanto para volver, y ha empezado a picarme tanto tiempo malgastado. Podría estar escribiendo, o leyendo, o haciendo punto, o si de repente me vuelvo completamente loca incluso estudiando. En su lugar tengo que estar mirando al frente, pensando en las musarañas como si me sobraran los ratos para darme al vicio.

A lo que voy es que de vez en cuando todavía intento acostumbrarme a hacer cosas. Puedo hacer punto desde Konstablerwache hasta Stressemannallee, pero si fuerzo empiezo a ponerme verde. Puedo hacer ganchillo durante una o dos paradas. Si estoy muy emocionada puedo incluso escribir en Gigi, pero de leer ni hablamos. El sábado decidí ponerme a hilar en el tranvía. Hilar en público, o al menos tan en público como la línea 12 a las siete y algo de la mañana, que suele ir moderadamente llena, es algo que me da mucho pudor, porque no me gusta la gente que la gente me mire llamar la atención que la gente me hable la gente distraer a nadie de su momento de disfrute del transporte público. Pero el sábado a la una de la tarde éramos cuatro gatos, tres de ellos con resaca, así que saqué el huso y seguí con mi merino marrón de Castilla.

Al cabo de tres o cuatro paradas se subieron una niña, su madre y su abuela, y se me sentaron alrededor. Seguí hilando tranquilamente y entonces la madre me preguntó qué estaba haciendo. En mi alemán nivel chapurreo atravesado les expliqué que “Esto, lana de oveja. Lana se rompe. Yo twist. Lana ya no se rompe. Yo tricoto guantes con lana”. Me preguntaron si podían tocar la lana, les dejé, y entonces me preguntaron algo con demasiadas palabras que no se convirtió en algo entendible cuando lo repitieron. Ahí ya me disculpé y les dije en alemán e inglés que lo sentía mucho pero no hablaba suficiente alemán como para saber qué me estaban preguntando. Y resultó que la madre hablaba inglés perfectamente.

También resultó que eran las tres de Etiopía, y que cuando vivían allí se hilaban el hilo para hacerse su propia ropa. De algodón, claro. De hilo muy fino. Kilómetros y kilómetros y kilómetros de hilo de algodón que luego tejen en telares. Es decir, que yo les había estado explicando a estas megaprofesionales del hilado cómo hilar como si fueran personas que nunca han hilado, igual que se lo expliqué a mi madre.

Me sentí muy estúpida y avergonzada.

Luego se me pasó porque la abuela me pidió coger el huso y allí mismo, en los 20 minutos entre Triftstrasse y Hauptbahnhof, me dio una lección maestra sobre hilado etíope que me dejó con los ojos haciendo chiribitas y casi (casi) ganas hilar algodón (JAJAJAJAJAJAJAJAno). Donde yo doy un golpe de dedos y dejo que el huso cuelgue en el aire mientras gira y voy estirando la fibra sobre la marcha, ella hilaba con el huso siempre en la mano, partiendo de la fibra ya estirada hasta el grosor que quisiera conseguir. La señora era una artista también a la hora de distribuir la torsión. Qué cojones, en realidad sospecho que era una Maia de la vida camuflada de humana, porque me niego a pensar que no había magia de por medio cuando pasaba los dedos por un metro de lana irregular y de repente se convertía todo en un laceweight perfecto. A mí eso en casa no me sale. En el tranvía tampoco. Por desgracia, como ya sabéis de capítulos anteriores, mi huso actual es adorable pero demasiado pesado*; a las dos se nos rompió la hebra varias veces. Pero no me importa porque clases de hilado! En vivo! De gratis! ME GUSTA!

*(Caí miserablemente con Wildcraft, y me temo que no será la última vez. Os presento a Bluebell. Un día, cuando llegue, os cuento la coña a la hora de encargarlo, pero juro que fue el destino:)

Ese ruidito que oís es mi baba mojándoos las zapatillas.

(foto de Karen Tesson).
Ese ruidito que oís es mi baba mojándoos las zapatillas. SORRY I’M NOT SORRY.