clases sorpresa

Como mi cerebro tiene algunas piezas sueltas o mal encajadas, me mareo con cualquier cosa. Me mareo en el tranvía y en el autobús, me mareo si miro el móvil EN UN PUTO ASCENSOR, me mareo si pienso en números o letras estando en algún sitio que se mueve… Los únicos sitios donde no me pasa son los aviones y los trenes, y algunos sistemas de metro, supongo que porque tienen menos parones y semáforos y abuelitas con muletas cruzando en rojo. Cuando vivía en Santander o en Edimburgo no me suponía un problema. En realidad, apenas le daba importancia porque cogía el autobús poco (una vez por semana, en Edimburgo) o durante poco tiempo (todos los días 10 minutos, en Santander). En Frankfurt sólo para ir al trabajo ya son media hora o cuarenta minutos para ir y otro tanto para volver, y ha empezado a picarme tanto tiempo malgastado. Podría estar escribiendo, o leyendo, o haciendo punto, o si de repente me vuelvo completamente loca incluso estudiando. En su lugar tengo que estar mirando al frente, pensando en las musarañas como si me sobraran los ratos para darme al vicio.

A lo que voy es que de vez en cuando todavía intento acostumbrarme a hacer cosas. Puedo hacer punto desde Konstablerwache hasta Stressemannallee, pero si fuerzo empiezo a ponerme verde. Puedo hacer ganchillo durante una o dos paradas. Si estoy muy emocionada puedo incluso escribir en Gigi, pero de leer ni hablamos. El sábado decidí ponerme a hilar en el tranvía. Hilar en público, o al menos tan en público como la línea 12 a las siete y algo de la mañana, que suele ir moderadamente llena, es algo que me da mucho pudor, porque no me gusta la gente que la gente me mire llamar la atención que la gente me hable la gente distraer a nadie de su momento de disfrute del transporte público. Pero el sábado a la una de la tarde éramos cuatro gatos, tres de ellos con resaca, así que saqué el huso y seguí con mi merino marrón de Castilla.

Al cabo de tres o cuatro paradas se subieron una niña, su madre y su abuela, y se me sentaron alrededor. Seguí hilando tranquilamente y entonces la madre me preguntó qué estaba haciendo. En mi alemán nivel chapurreo atravesado les expliqué que “Esto, lana de oveja. Lana se rompe. Yo twist. Lana ya no se rompe. Yo tricoto guantes con lana”. Me preguntaron si podían tocar la lana, les dejé, y entonces me preguntaron algo con demasiadas palabras que no se convirtió en algo entendible cuando lo repitieron. Ahí ya me disculpé y les dije en alemán e inglés que lo sentía mucho pero no hablaba suficiente alemán como para saber qué me estaban preguntando. Y resultó que la madre hablaba inglés perfectamente.

También resultó que eran las tres de Etiopía, y que cuando vivían allí se hilaban el hilo para hacerse su propia ropa. De algodón, claro. De hilo muy fino. Kilómetros y kilómetros y kilómetros de hilo de algodón que luego tejen en telares. Es decir, que yo les había estado explicando a estas megaprofesionales del hilado cómo hilar como si fueran personas que nunca han hilado, igual que se lo expliqué a mi madre.

Me sentí muy estúpida y avergonzada.

Luego se me pasó porque la abuela me pidió coger el huso y allí mismo, en los 20 minutos entre Triftstrasse y Hauptbahnhof, me dio una lección maestra sobre hilado etíope que me dejó con los ojos haciendo chiribitas y casi (casi) ganas hilar algodón (JAJAJAJAJAJAJAJAno). Donde yo doy un golpe de dedos y dejo que el huso cuelgue en el aire mientras gira y voy estirando la fibra sobre la marcha, ella hilaba con el huso siempre en la mano, partiendo de la fibra ya estirada hasta el grosor que quisiera conseguir. La señora era una artista también a la hora de distribuir la torsión. Qué cojones, en realidad sospecho que era una Maia de la vida camuflada de humana, porque me niego a pensar que no había magia de por medio cuando pasaba los dedos por un metro de lana irregular y de repente se convertía todo en un laceweight perfecto. A mí eso en casa no me sale. En el tranvía tampoco. Por desgracia, como ya sabéis de capítulos anteriores, mi huso actual es adorable pero demasiado pesado*; a las dos se nos rompió la hebra varias veces. Pero no me importa porque clases de hilado! En vivo! De gratis! ME GUSTA!

*(Caí miserablemente con Wildcraft, y me temo que no será la última vez. Os presento a Bluebell. Un día, cuando llegue, os cuento la coña a la hora de encargarlo, pero juro que fue el destino:)

Ese ruidito que oís es mi baba mojándoos las zapatillas.

(foto de Karen Tesson).
Ese ruidito que oís es mi baba mojándoos las zapatillas. SORRY I’M NOT SORRY.

vida vs. tour de fleece: GO!

Hoy he soñado que iba a casa de Ventrue y me recibía diciendo “Mira lo que he traido del pueblo”. Esto ya demuestra que era un sueño: Ventrue es más de ciudad que una tienda Apple, y además últimamente no pone un huevo en casa, el tío. El caso es que me hacía pasar al salón y allí tenía una rueca enorme. Era de dos pedales pero casi tan grande como una great wheel. Se la había traído del pueblo, decía, y quería que yo le enseñase a hilar en ella. Yo no sé hilar en rueca, pero en el sueño me las apañaba y ahí le dejaba, hila que te hila como un Rumpelstiltskin en chandal más contento que la leche.

Si habéis leído el último post de TPN ya sabéis que la vida real me ha tenido ocupada esta última semana y que mis padres han venido de visita. El TdF ha quedado un poco abandonadillo; aún me da vergüenza hilar en público, así que durante el fin de semana me he limitado a hacerlo en la intimidad del compartimento del tren (al revisor casi se le da vuelta la cabeza intentando ver qué coño estaba haciendo xD) y los ratejos que nos han quedado para descansar en casa de los padres de JP.

Nos trajo las gominolas diciendo en un español muy andaluz “Ea, pastillitas para todos”. Mi madre estuvo lenta de reflejos y no le interrogó al respecto.

El miércoles por la tarde llegué a casa del aeropuerto y me encontré con cuatro horas de relajación por delante, así que pensé en recuperar el tiempo perdido. No en estudiar, por supuesto. Busqué algo que ver en Jaqen y me senté con mi huso y mi merino.

Ahí fue más o menos cuando me empezó a explotar todo en la cara.

Veréis, mi huso es uno de los husos más baratos que se pueden encontrar y no impliquen arrancarle una rueda al camión de juguete de vuestro sobrino y un palillo de bambú del chino de debajo de casa. Está hecho por Kromski, que es una casa que hace ruecas pero no demasiados husos. Pesa un copón y medio. Para que os hagáis una idea, el peso habitual de los husos para hilar lace o fingering, que es lo que estoy intentando hilar yo, es entre 20 y 40 gramos. Mi huso pesa 90, sin contar lo que ya llevaba. Aún así, usándolo a medio camino entre suspendido y soportado, había conseguido hilar unos 40 gramos de vellón e iba por la vida muy ufana y satisfecha conmigo misma. El miércoles fue el día que se me acabó la suerte. La hebra se me rompió tres o cuatro veces y cada vez juraba más alto y con más variedad, hasta que entendí que no iba a suceder. Hasta ahí había llegado hilando esa parte y, con un poco de suerte, sería ya la mitad del vellón y podría enrollarlo en un ovillo y ponerme con la otra mitad, para luego plegar las dos hebras juntas. Curiosamente, a la hora de plegar este huso es perfecto. Por supuesto, cuando saqué mi balanza se le habían acabado las pilas y como no tenemos tele no podía quitárselas al mando. Así que ahí estoy, en pleno tour de Fleece sin saber qué hacer, con puede-que-espero-que 50 gramos ya hilados. El mayor problema es que mi intención desde el principio ha sido hilar pesos finos, entre lace y como mucho dk, así que no tengo más remedio que hacerle caso a mi yo consumista: necesito un huso nuevo.

Tú ganas, Wildcraft